Por Jorge Manrique, Rector del Colegio Jurista
La meritocracia no muere por paridad de género, pero si se cuestiona porque nunca funcionó como prometía.
La equidad de género no es una “simplificación”, sino un mecanismo correctivo para compensar siglos de exclusión estructural.
La meritocracia, tal como se aplica en muchos países, es más mito que realidad: se usa para justificar desigualdades preexistentes, como si todas las personas comenzaran desde la misma línea de salida. La paridad no elimina el mérito, pero si la ilusión de neutralidad en sistemas que históricamente favorecieron a ciertos grupos.
Lo que realmente ocurre ahora no es la muerte de la meritocracia, pero si de la meritocracia fingida.
La paridad obliga a revisar quién tiene acceso al mérito, quién es evaluado con criterios sesgados y a quién se invisibilizó. En muchos sectores, la paridad revela que hay mujeres con talento, formación y experiencia que simplemente no eran consideradas.
La paridad no sustituye el mérito: abre la puerta para que el mérito sea evaluado sin sesgos.
La paridad corrige desigualdades históricas. No es un atajo. Es un mecanismo para equilibrar un terreno que nunca fue parejo. La evidencia internacional muestra que, cuando se implementa paridad, el nivel promedio de competencia sube, no baja.
La meritocracia necesita condiciones reales. Sin acceso equitativo a educación, redes, oportunidades y seguridad, la meritocracia no existe. La paridad crea esas condiciones mínimas para que el mérito pueda aparecer.
El riesgo no es la paridad, sino la mediocridad disfrazada. El verdadero peligro es cuando se usa la paridad para justificar nombramientos sin competencia.
Pero eso no es culpa de la paridad: es culpa de quienes manipulan cualquier política pública para fines personales.
Así, no estamos ante la muerte de la meritocracia sino ante la primera oportunidad real de que exista. La paridad no destruye el mérito: elimina los sesgos que impedían verlo.